En México, cada vez más jóvenes no solo son víctimas de la violencia, sino que también están siendo incorporados a ella. Las detenciones por delitos vinculados al crimen organizado muestran un crecimiento sostenido, con el narcomenudeo concentrando la mayoría de los casos y un aumento relevante en homicidios.

CIUDAD DE MÉXICO

MANU URESTE / ANIMAL POLÍTICO

El Morro tiene una mirada aniñada de ojos rasgados. Su rostro lampiño, por el que se extiende un mar de pecas rojizas por los pómulos, aún no tiene rastro alguno de barba incipiente ni de acné juvenil, y su voz es frágil como su cuerpo enclenque de brazos y piernas alargadas.

Más que un adolescente, sigue siendo un niño de sonrisa tímida y esquiva. Un niño que creció fuera de la escuela y de cualquier red de protección —familiar e institucional— en una región donde la infancia no es sinónimo de resguardo.

Quizá por eso, el contraste con la primera declaración que hará nada más bajar de una camioneta —que al abrir las puertas emana un fuerte olor a marihuana— es todavía más brutal.

La frase suena aprendida, incluso forzada; como si presentarse así fuera parte del uniforme que le impusieron vestir antes siquiera de entenderlo.

El joven —cuyo apodo fue modificado por uno ficticio para proteger su identidad— se sienta en el suelo, bajo una sombra que alivia algo el calor en este municipio de Michoacán, cuyo nombre se omite por seguridad, al igual que su identidad. Se recarga en una banqueta sucia y polvorosa, como los jeans negros que lleva cubiertos de barro seco.

A su izquierda hay una moto desguazada, sin ruedas. A su derecha, un par de llantas de carro desgastadas, ya inservibles. Tiene los codos apoyados en las rodillas huesudas que sobresalen de los pantalones rajados, y la espalda recargada sobre la puerta herrumbrosa de una vieja casa abandonada, como él: sus padres —explicará más adelante— están vivos, pero no sabe de ellos, ni de su hermano. Vive solo, a su suerte, en casas ruinosas o en la calle; ahí donde la noche lo alcance. Nadie lo busca. No hay escuela, ni autoridad, ni familia que registre su ausencia.

—Empecé en la malendreada con los jaliscos, a los 12.

A los 12, cuando otros niños apenas terminan la primaria, a él ya le ofrecían un arma.

Desde entonces, he matado como a unos diez por órdenes del señor Mencho —empieza a contar mientras se ajusta una gorra negra con una herradura. Luego baja la mirada a los tenis con manchas de pintura blanca.

Los “jaliscos” son el Cártel Jalisco Nueva Generación. Y “el señor Mencho” era Nemesio Oseguera, su líder abatido el 22 de febrero de este 2026 por fuerzas federales, apenas un par de semanas después de esta entrevista.

—¿Cómo te reclutaron? —le pregunta el periodista.

El Morro ladea la mirada para seguir a una moto ruidosa que pasa despacio por la calle desierta. Un viejo hábito de cuando, antes de ser reclutado como sicario, comenzó vigilando la entrada y salida de vehículos. Se atusa la playera blanca de fayuca de Hugo Boss, húmeda por el calor del mediodía, y entrelaza los dedos largos de sus manos.

—Pos me vieron en la calle y me dijeron: ‘¿qué onda, morro? ¿Quieres un rifle? Jálate con nosotros’. Yo les dije que sí y de volada me llevaron a un punto. Ahí empecé como ‘puntero’; me dedicaba a vigilar si llegaba ‘Gobierno’ a la zona.

No fue una excepción: en esta región, el reclutamiento de niños, niñas, adolescentes y jóvenes ocurre a plena luz del día, en calles donde la ausencia del Estado es la norma.

—¿Gobierno?

—Ajá, los militares. Si los veía tenía que avisar por el radio. Y si veía gente armada, pos más rápido tenía que dar el pitazo.

—¿A qué gente armada te refieres?

El Morro ladea de nuevo la cabeza, persiguiendo con la vista a la moto, ya lejana.

—Pos a los contras —responde seco, como si la pregunta fuera de lo más estúpida y estuviera a punto de perder la paciencia—. A los templas, pues.

Los ‘templas’ son Los Caballeros Templarios, una escisión del cártel La Familia Michoacana con fuerte presencia en la región de Tierra Caliente, donde disputan al Cártel Jalisco el control del territorio, las extorsiones a productores de limón y aguacate, y la venta de drogas sintéticas como el cristal.

—¿Cuánto te pagan?

—Unos tres mil pesos a la semana.

Un salario que, para un adulto, apenas alcanzaría; para un niño solo, sin embargo, es suficiente para retenerlo.

—¿Y te dan de comer?

—Sí, pero en veces me tratan mal.

El adolescente clava de nuevo la mirada en los tenis destrozados. Sólo dice que se “enfadó” con alguien dentro de la célula criminal y pidió “retirarse”. Ante la negativa del cártel, aprovechó un descuido durante un enfrentamiento y huyó hasta el municipio michoacano donde se encuentra refugiado desde hace unos meses.

—En un agarre con los contras me quedé solo, y pos ya no supe qué hacer. Tuve que pelarme. La miré muy cerquitas —se justifica, sin querer dar más detalles.

—¿Por qué te dicen El Morro? —intenta cambiar el tema el periodista, buscando relajar al adolescente tras la confesión de la huída.

Ante la pregunta, sonríe. Sus pecas se marcan más cuando se le arruga la nariz.

—Pos ha de ser porque me veo morrillo y flaco.

—¿En tu célula había otros chavos como tú?

—Sí, tres más —responde sin pensarlo—. Uno de 12 años. Otro de 13 y otro de 14.

—¿Cuándo fue tu primera vez?

El Morro borra de golpe la expresión risueña. Se quita la gorra, se atusa el pelo castaño y ensortijado, y luego vuelve a colocarla sobre la frente. Deja escapar un suspiro cansado, como si supiera que esa pregunta llegaría tarde o temprano.

—Fue en un ‘agarre’. Yo tenía 12 años. Estábamos en un punto y varios contras llegaron de volada. Estábamos en la pendeja, la neta. Y pos empezó la tiracera. Yo usaba un ‘R’ (un rifle R-15). Empecé a tirarles y vi que me eché a uno.

—¿Te sentiste mal?

—No. Yo no tengo sentimiento de nada ni de nadie —alza la mirada y la sostiene durante varios segundos. No es desafiante; es solo una mirada lánguida. Lo dice sin énfasis, como quien repite una consigna aprendida en el entrenamiento.

—¿Y no tuviste miedo?

—No. Es lo que te enseñan en el jale, a no tener miedo.

—¿Qué hiciste luego de la primera vez?

—Nada. Me fui a fumar mota con mis compañeros —encoge los hombros.

—¿Ellos eran tus amigos?

—Yo no tengo amigos —niega con la cabeza.

Su mundo se reduce —explica— a compañeros de célula, armas y huidas. No hay pares ni amistades: sólo jerarquías.

—¿Por qué?

—Pos no sé. Yo digo que me tienen miedo porque soy sicario.

—¿No te gusta ningún deporte? ¿El futbol? ¿Basket? ¿Correr?

Al escuchar correr, El Morro sonríe con desgana.

—Yo solo corro en los agarres con los contras o cuando veo a los soldados.

—¿Y tus padres?

—Están vivos, pero casi no hablo con ellos, tampoco con mi carnal. Vivo solo.

—¿Te dedicas a otras cosas?

—Pos en veces trabajo en el campo. Y en veces me voy de albañil. Por eso vengo así, todo mugroso —se atusa el pantalón negro, del que sale una nube de polvo.

—¿Sabes que el gobierno da unas becas para jóvenes como tú para que aprendan un oficio? ¿No te gustaría aprender otro oficio o estudiar?

—No me gusta estudiar —corta en seco—. Me gusta andar con mi rifle —de nuevo, la frase suena aprendida.

—¿Recomendarías a otros chavos como tú entrar al crimen organizado?

El Morro baja ahora la mirada. La visera de la gorra le oculta el rostro.

—No… la mera verdad, no —balbucea, como si quisiera asegurarse de que nadie en la calle lo pueda escuchar.

—¿Qué les dirías?

Por unos segundos, el niño de rostro pecoso y sonrisa tímida vuelve a aparecer.

—No, pos que se alejen de esto. Esta vida es muy fea, no sirve para nada.

Lo dice un adolescente de 15 años que ya aprendió, demasiado pronto, lo que significa estar solo y no tener otra opción.