Astrolabio PolÃÂtico
Por: Luis RamÃÂrez Baqueiro
“Seremos inflexibles en la defensa de las ideas, pero respetuosos en las formas, pues en polÃÂtica, frecuentemente, la forma es fondoâ€Â. – Jesús Reyes Heroles.

En el manual no escrito de la polÃÂtica mexicana â€â€ese que no se enseña en las aulas, pero se aprende en el ejercicio del poder hay una máxima que atraviesa generaciones: la polÃÂtica es forma y fondo. Lo advirtió con claridad el tuxpeño Jesús Reyes Heroles, y en Veracruz esa premisa no sólo se confirma, sino que se vuelve ley empÃÂrica. AquÃÂ, cada gesto, cada palabra y cada silencio tiene implicaciones que rebasan lo inmediato. Veracruz no es únicamente un estado: es un laboratorio vivo de la ciencia polÃÂtica.
El incidente ocurrido este martes en el Congreso local lo demuestra con crudeza. La declaración de Atanasio GarcÃÂa Durán â€â€calificando como “un error†haber confiado en la administración de la gobernadora RocÃÂo Nahle GarcÃÂa no es un exabrupto aislado. Es el sÃÂntoma de una ruptura más profunda: la pérdida de las formas dentro de un mismo proyecto polÃÂtico.
Porque en polÃÂtica, las diferencias pueden existir; lo que no se permite es la ruptura del protocolo. Y menos aún cuando se trata de actores que comparten origen, partido y responsabilidades históricas. Lo ocurrido no es menor: marca un punto de inflexión en la relación entre grupos que, hasta hace poco, estaban obligados a convivir bajo una lógica de disciplina interna.
La figura de Cuitláhuac GarcÃÂa Jiménez, inevitablemente, aparece en el trasfondo. Su administración, cuestionada por amplios sectores por presuntos malos manejos, desorden institucional y señalamientos de vÃÂnculos oscuros en el ejercicio del poder, dejó una herencia polÃÂtica cargada de tensiones. En ese contexto, las palabras de su padre no sólo son inoportunas: son polÃÂticamente disruptivas.
Y aquàes donde Veracruz vuelve a ofrecer una lección: el poder no sólo se ejerce, también se administra simbólicamente. La investidura gubernamental no es un adorno; es un pilar de estabilidad. Romper con ella â€â€desde dentro implica dinamitar los puentes que sostienen la gobernabilidad.
El contraste histórico es revelador. Cuando la hoy gobernadora, en su etapa como funcionaria federal, pidió contención a voces crÃÂticas como la de la entonces legisladora Eusebia Cortés Pérez, lo hizo bajo un principio claro: preservar las formas para no erosionar el fondo. Incluso frente a agravios, campañas de desprestigio y conflictos reales â€â€como el caso de las grúas y su presunta infiltración por intereses ilÃÂcitos se optó por la prudencia polÃÂtica.
Ese precedente exhibe la diferencia entre formación y ocurrencia. Entre entender la polÃÂtica como un sistema de equilibrios o reducirla a impulsos momentáneos frente a un micrófono.
Hoy, el desaguisado protagonizado por GarcÃÂa Durán no puede leerse como un simple desliz de un octogenario. Es, en realidad, la manifestación de un grupo que resiente la pérdida de control, el cierre de espacios y el fin de prácticas que durante años encontraron terreno fértil. Cuando la llave de los excesos se cierra, la reacción suele ser estridente.
Pero en Veracruz, como en todo sistema polÃÂtico maduro, las consecuencias llegan. Porque las formas pesan. Y el fondo, tarde o temprano, se impone.
La lección es clara: en polÃÂtica no basta con haber sido parte del poder. Hay que entenderlo. Y, sobre todo, respetarlo. Porque cuando se rompe el equilibrio entre forma y fondo, el costo no es individual: es sistémico. Y Veracruz â€â€siempre Veracruz termina siendo el escenario donde esas fracturas se exhiben con toda su crudeza.
Al tiempo.
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