Perfilando

La línea que Cuitláhuac y Atanasio cruzaron

Por Iván Calderón

En política, las palabras rara vez son inocentes. Menos cuando vienen de ciertos apellidos, de ciertos entornos y de ciertas historias que todavía pesan en la vida pública de Veracruz.

Le explico.

Lo ocurrido con Atanasio García Durán, padre del exgobernador Cuitláhuac García Jiménez, no fue una ocurrencia menor ni una declaración desafortunada de esas que se pierden en la agenda cotidiana. Fue un mensaje. Y en política, los mensajes importan no solo por lo que dicen, sino por el lugar desde donde se emiten.

Atanasio no habló desde la nada.

Habló desde el entorno familiar y político de un exgobernador que todavía carga con el desgaste de una administración cuestionada, desordenada y marcada por pendientes que Veracruz no olvida tan rápido. Por eso sus palabras no podían ser leídas como una simple opinión personal. Tenían contexto. Tenían destinatario. Y tenían, sobre todo, una carga política evidente.

El problema es que el mensaje cruzó una línea.

La del respeto a la investidura de la gobernadora de Veracruz.

En el estado se puede criticar. Se puede disentir. Se puede debatir. Veracruz no es, ni debe ser, una tierra de silencios obligados. Pero una cosa es la crítica pública y otra muy distinta es intentar erosionar la autoridad institucional de quien hoy encabeza el Poder Ejecutivo estatal.

La gubernatura no es una propiedad personal: es una institución.

Y esa diferencia algunos parecen no entenderla todavía.

Rocío Nahle García no llegó al gobierno por accidente ni por concesión de nadie. Su peso político en Veracruz viene de antes. En 2018, como candidata al Senado junto con Ricardo Ahued, alcanzó una votación histórica: 1 millón 820 mil 499 votos, incluso por encima de los obtenidos por Cuitláhuac García como candidato a gobernador.

En 2024 volvió a confirmar esa fuerza al convertirse en la primera mujer gobernadora de Veracruz y en la candidata más votada en la historia del Estado.

Ese no es un dato decorativo. Es una clave de lectura.

Explica legitimidad y respaldo y por qué cualquier intento de disminuir su autoridad termina chocando con una realidad política que ya cambió.

El viejo grupo cuitlahuista durante 6 años tuvieron las formas. Tuvieron la estructura. Tuvieron el aparato. Tuvieron el tiempo. Y aun así dejaron una percepción extendida de ineficiencia, desgaste y desorden institucional. Y nadie tiene la culpa de eso, mucho menos Rocío Nahle.

Por eso resulta políticamente torpe intentar trasladarle a la actual gobernadora las frustraciones de quienes ya gobernaron y no supieron qué hacer con el poder.

Lo de Atanasio sonó más a eco que a voz propia.

Sonó a conversación de pasillo y a resentimiento de su hijo, Cuitláhuac García, mal administrado.

A comentario que se dice en corto y que alguien terminó llevando al micrófono.

Y ahí estuvo el error.

Porque cuando el mensaje reventó, vino el deslinde. Cuitláhuac García llamó a la unidad, reconoció la legitimidad de la gobernadora y tomó distancia de las palabras de su padre. Pero en política los deslindes tardíos pocas veces limpian el origen del problema.

Al contrario: suelen confirmarlo.

Primero se manda la señal. Luego, cuando el costo aparece, se pide serenidad.

Primero se tira la piedra. Después se invoca la unidad.

Así no funciona el poder. Al menos no cuando enfrente hay una gobernadora que entendió que no todo conflicto se responde con pleito, pero tampoco todo agravio se deja pasar como si nada.

Rocío Nahle optó por la fórmula más eficaz: no sobreactuar.

Nahle no se subió al ring donde otros querían verla. Respondió con una frase breve, seca y suficientemente política:

“Ando trabajando y a Atanasio yo lo respeto mucho.”

En Veracruz, esa frase dice más de lo que parece.

Porque frente al golpeteo, trabajo. Frente al agravio, conducción.

La política veracruzana tiene códigos. Y uno de ellos es que el poder se mide menos por el volumen de la respuesta que por la capacidad de ordenar los esquemas. Lo que vino después del episodio mostró precisamente eso: respaldos, lecturas, acomodos y una señal clara de que la investidura no está sola.

Atanasio cruzó una línea andando de cotorro, repitiendo lo que escucha en casa, y Cuitláhuac intentó corregir el daño. Mientras Nahle dejó que el mensaje se entendiera sin necesidad de andar reclamando.

Ese es el fondo del episodio.

Al final, Nahle es gobernadora y Cuitláhuac y su familia solo viven de lo que pudieron o no pudieron hacer.

Veracruz tiene otra conducción política. Y quienes no lo acepten tendrán que ir entendiendo que el estado no se gobierna desde la nostalgia, ni desde el resentimiento, ni desde los recados familiares.

Se gobierna con autoridad, con legitimidad y con trabajo.

Porque en política, el poder real no siempre levanta la voz, como parece ser se la levantaba Eric Cisneros al exgobernador (y ahí si el papá no decía nada); a veces simplemente es dejar claro quién manda.

Así de sencillo.

@IvanKalderon